

Había una vez en la antigua Grecia una laguna encantada. Esa laguna estaba consagrada a Salmacis, la ninfa del agua.
Un día, Hermafrodito, un hermoso muchacho fue a bañarse allí. Salmacis miró al bello muchacho y se despertó su deseo. Se acercó nadando para mirarlo mejor.
La ninfa del agua intentaba dominarse. Pero no podía resistirse a la belleza del muchacho. No le bastaba con mirar. Salmacis siguió nadando, acercándose cada vez más. Y entonces aturdida por el deseo, cogió al muchacho por detrás aprisionándolo entre sus brazos.
Hermafrodito se debatió para liberarse del tenaz abrazo de la ninfa del agua, pero Salmacis era demasiado fuerte. Tan desenfrenado era su deseo que los dos se hicieron uno. Sus cuerpos se amalgamaron, el masculino se fundió en el femenino, el femenino en el masculino.
Ahí era cuando yo metía los pies en la piscina. Los movía de un lado para otro mientras proseguía la narración
Ahora yo empezaba a hundirme en el agua centímetro a centímetro; pantorrillas, rodillas, muslos. Si seguía el ritmo marcado por Presto, en ese momento ya se habrían cerrado las mirillas. Algunos clientes se marchaban, pero muchos introducían más fichas en la ranura. Las pantallas se alzaban, dejando libres las mirillas.
Yo empezaba a patalear, agitando el agua para entorpecer la visión de los clientes.
Momento en el cual terminaba de dejarme caer en la piscina, enseñando todo el cuerpo. Y las mirillas se cerraban
¡He aquí al dios Hermafrodito!
